viernes, abril 27, 2007

Lomo de Caracha

Pudo haber llovido todo el día, o sólo por la mañana. Pudo haber pasado de todo. No digo caerse el mundo, porque de eso me hubiera enterado, y además no podría estar escribiendo esto. Pero sí, pudieron haber pasado un sinnúmero de cosas que no me hubiese enterado. Como eso, que lloviera todo el día, o tan sólo por la mañana.

Fue cómico, bueno, si uno lo pensara por más de un segundo diría tragicómico. Si lo pensase más, sería peor. Lo que ocurre que a las cuatro de la mañana nadie piensa con mucha claridad. No es un juego de palabras porque aun no aclaró a las cuatro de la mañana. Y menos piensa uno si a esa hora sigue trabajando luego de haber comenzado la jornada labora, tan consabidamente ganada en ocho horas, justamente, a las ocho de la mañana del día inmediato anterior. Lo que fue cómico es que yendo hacia al baño por el largo, oscuro y silencioso pasillo (que tan transitado es durante el día, cuando todo está más claro) con una empleada que me dijo: “Buenos Días”. Sorpresas mediante, la señora entra a trabajar a las cuatro, por lo que para ella estar a esa hora en la empresa le representa naturalmente un saludo matutino.

Por eso digo que pudo haber llovido y yo ni idea. Ni yo ni mis dos compañeros de batalla, que pelearon a capa y espada hasta caer rendidos, uno en las sillas de la sala, otro preso de la red de redes.

Finalmente nos fuimos, a las siete de la mañana, y a esa hora el cielo de la ciudad caliente del Valle de Cali estaba bien oscuro. Una llovizna se dejaba caer, quizá por pena de estos tres trasnochados mosqueteros, quizá por propia naturaleza.

Todo este introito es para comenzar con el día que cociné en Cali. Así comenzó el día, o quizás deba decir que así siguió. Estaba dormido en el baño del hotel cuando soné el teléfono. Mi jefe, para decirme que ya era la hora que habíamos convenido para volver al trabajo. Sólo trasnochado uno puede decir nos vemos a las diez, cuando se está despidiendo a las siete. Y sólo trasnochado el otro puede creerlo cierto.

Ni toda la ducha que tomé, ni toda la llovizna triste que seguía poniendo paños fríos a un pueblo que vive danzando, ni el viento de una ventanilla semibaja de un veloz taxi que no puede caer preso del tránsito de las ocho de la mañana por el sólo hecho que eran las once y media, lograron despertarme por completo.

Si uno ya se comporta como zombie a veces, imagínense a este incipiente blogger ese día. Llegué a la empresa casi para almorzar en el casino de la compañía. ¿Casino? Los no-caleños (cada tanto se me da por inglés, o por idioma o por estructura, contracciones de uno) leerán claramente (aunque sea de noche), pero para el resto les comento que casino sería como sinónimo de cafetería de empresa o como comedor de planta (fabril, por si acaso). Al menos, unos de los objetivos de este blog sigue cumpliendo su objetivo.

La tarde, que debió ser tranquila de formalidades de reportes luego del fuerte del día anterior, fue una batalla campal. Los tres mosqueteros no podíamos ni para uno, menos pudimos para todos. Pero, lo que parecía que no iba a llegar nunca, llegó: terminó el día laboral. Viernes, día especial para dormir. Sí, estoy de acuerdo, sé que no, pero lo mejor que podía pensar en ese momento era en dormir.

Claro que eso no fue lo que pasó, porque no hubiera escrito todo este palabrerío ni el título de este comentario si no tuviera algo para decir. O quizá sí, no sé. No siempre soy previsible. A veces soy tonto, pero no siempre. Nadie es siempre algo. A veces la caga si casi siempre es bueno, o a veces la hace bien, si casi siempre la caga.

Es cierto, habíamos convenido en el viernes, luego de toda la semana de duro trabajo y largo vuelo Buenos Aires-Cali, para hacer un asado argentino. Nadie mejor que yo, tampoco nadie peor, es decir, el único espécimen para hacer eso en Cali era yo.

Por lo que si habíamos convenido en eso, y si los tres mosqueteros estábamos fundidos, y si lo único que yo quería era dormir, y no habiendo ninguna otra alternativa, nos fuimos dos mosqueteros con un aliado a tomar una cerveza antes de ir a comprar la carne para el asado. Sé lo que algunos están pensado, nadie puede tomarse “una” cerveza. En Colombia hay tantas marcas de cervezas de un mismo dueño, que si alguno quisiera probarlas todas una tras otras terminaría tendido en el piso o haciendo asado el día que quiere dormir. Águila, Brava, Costeña, Joker, Club Colombia son las que recuerdo. Sé que hay más, por favor abstenerse de enviar comentarios dejándome saber de todas las que no tomé.

“Vamos a la catorce a comprar”, dijo el jefe mosquetero, D’Artagnan. Yo pensé lo mismo que ustedes están pensando ahora. Los que se preguntaron cómo fue que me anticipé tanto (esto que cuento ocurrió la primer semana de este 2007) a lo que están pensando mientras leen este posteo, les comento que me refiero a creyeron que “la catorce” es una avenida (Colombianos abstenerse). Pues sí, es una avenida pero no en Cali. “La Catorce” es el supermercado que en Argentina sería “Jumbo”. Grande, limpio, espacioso, todo eso para justificar lo caro.

No sé si escribo como para que se entienda, la verdad que mucho no me importa. Porque si me importara, como no tengo tanta retroalimentación (¡Ja! Había comenzado a escribir feedback pero lo borré. A veces el inglés se va) me preocuparía. Y la vida ya está llena de tantas preocupaciones, que mejor que me no importe si escribo como para que se entienda. Este párrafo lo introduje, porque no recuerdo si comenté porque si estábamos tan casados a nadie se le ocurrió preguntar en porqué no cancelamos. Entonces, me pregunté: “¿Por qué no cancelamos el asado?”. Antes de terminar la pregunta, no sé si justo antes de tipear el signo de interrogación o justo después de topear la “o” de asad“o”, recordé el porque. Nadie dirá que fue porque la esposa de D’Artagnan ya había encendido el fuego. Espero que nadie le vaya con el cuento que ya habíamos cancelado y que el jefe mosquetero, con toda su valentía para pelear en la oficina no se enfrentó a su amada compañera. Ojalá que nadie le cuente que no había ganas, que se habían quedado en los miles de archivos revisados, que se había diluido en los cuatrocientos correos electrónicos de ese día, que se habían pegado a la almohada en esa suerte de siesta matinal que tomé sentado en el trono en el que todos somos reyes y esclavos de nuestro cuerpo. Por favor que nadie se lo diga.

La catorce, eso estábamos en la catorce. Jefe mosquetero y mosquetero porteño haciendo compras. Peor que matrimonio que ya no se soporta. Ponerse de acuerdo fue terrible. Como pudimos compramos carne roja, rosa y blanca. Hortalizas, una masita colombiana de trigo que no recuerdo el nombre, como tapas y vino, argentino, claro. No van a poder creer el carbón. De hecho no sé qué van a hacer si no lo creen. Por mí, hagan lo que quieran, como no sé si escribo que se entienda. Lo que pasó con el carbón es que decía vegetal pero parecía papel vegetal. Por las dudas agarré como dos bolsas. A todo esto debo confesar que una vez que D’Artagnan no pudo con la bella, yo me dispuse de la mejor manera. No podía ser menos, no iba a dejar a que el grupo de colombianos invitado al D’Artagnan’s place (sí, me di cuenta que se me metió el inglés, pero ya no borro, say no more) midan el nivel de nuestros asados porque mis ganas de hacer algo hacía día y medio que se habían ido de viaje.

El mosquetero de mayor grado me había avisado. Me lo había advertido. Me había prevenido, inclusive, cuando el plan estaba en plena vigencia, en días anteriores a la peor de las batallas oficinísticas se desataran en la tierra metida entre la Cordillera Central (al este) y la Cordillera del Pacífico (pues sí, ni modo, no va a quedar del lado del Atlántico). Tanto uórnin (ah, ya castellanicé el inglés, quien no entienda que estudie fonética criolla) no alcanzó. Una caja de zapatos es más grande pensé, mientras decía que sí, que íbamos a poder hacer todos los kilos de carne que habíamos comprado, además de esas tapas que nada tienen que ver con un asado en mi tierra.

Lo hice, puse todo, las tapas, la salchicha parrilla, que por acá se conoce como chorizo, el pollo, el cerdo con panceta y la carne roja. Todo enterito como lo compramos y como le pedí al dispensador de carnes que no lo cortara. Si lo hubieran visto les hubiera causado gracia. “¿No lo corto?” se cansó de preguntar. No, señor, lo voy a preparar a la Argentina. No, no cocinaremos a ninguna mujer, aunque a más de una de la tierra del tango da como para comérsela. Que voy a preparar la carne asada al estilo argentino. Lento, lento, lento.

Claro, me di cuenta, la caja de zapatos sirve para hacer asados, vuelta y vuelta. Cortan todo finito y en cinco minutos comés. Claro, duro, seco, pasado. Claro, aunque sea de noche.

No sé si se entiende. Nadie entendía ese día. El jefe dijo no lo hacemos, lo suspendemos. Eso dijo en el primer llamado. Nada que hacer, lo hacemos, dijo en el segundo. Así, cayeron los invitados a la casa del boss. Por más que les había comentado que el que cocinaría sería yo, nunca creyeron que iban a ver una caja de zapatos con brasas rojas por más de tres horas, con todo el pedazo de carne entero como lo ven en la vitrina de las “La Catorce”s (obvio, los que van a otro supermercado lo ven en otro supermercado, no en “La Catorce”).

Lo que sí quisieron emular el estilo argentino abriendo un vino mientras yo preparaba una salsita criolla. ¿Alguno una vez vio un sacacorchos en la casa de un caleño? Hay güisqui, hay ron, hay vodka y hay dulcemente anisado aguardiente. Ah, también en la casa de D’Artagnan caleño hay una botella de vino Malbec de primera calidad. Ah, también hay un mate y yerba suave. No por compra propia, sino por regalo de mosquetero obedecedor. Hay de todo entonces. Sí, hasta apareció un sacacorchos. Imagínense un hambriento en isla desierta con una lata de atún sin abrelatas. La botella de vino se habría como sea. Ese era el deseo, pero no lo podían hacer realidad. Dirán que somos agrandados, dirán que somos pedantes, dirán que no escribo claro. Digan lo que quieran, el vino lo abrí yo.

Hablando de muertos de hambre, todos querían abrir una lata de atún por lo menos, porque la tarde seguía condenada a la cocción lenta y segura de un fuego bien prendido. No hay peor cosa para un asador que otro encienda el fuego, pero tratándose de ella, de la esposa del D’Artagnan, pues ni modo, hasta un argentino se transforma en tortuga y mete la cabeza adentro. Eso, tortuga pensaron todos. Este argento es más lento (y luego dicen que no puedo hacer puesía) que una tortuga. Conozco alguien que lo puede refutar. Como fuere, la carne allá estaba, el vino muy bueno, la charla mejor, la velada de maravilla.

Hasta vino el vice de D’Artagnan con su doncella. Todos comimos el pollo (leáse posho), el cerdo, el chorizo, esas tapas y le mejor corte de todos, el bife de chorizo, que en Cali se consigue como “Lomo de Caracha”. ¿Qué es la caracha? Eso queda para otro comentario, cuando algún día preparemos otro con D’Artagnan, sus mosqueteros y sus doncellas.

lunes, marzo 19, 2007

Más de Argentinos

Año electoral el 2007, entonces, una oportunidad para vernos políticamente.

Se dice que cuando Dios creó el mundo, para que los hombres prosperasen, decidió concederles dos virtudes. A los suizos los hizo ordenados y cumplidores de la Ley; a los ingleses, persistentes y estudiosos; a los japoneses, trabajadores y pacientes; a los italianos, alegres y románticos; a los franceses, cultos y refinados.

Cuando llegó el turno de los argentinos, se volvió hacia el ángel que tomaba nota y le dijo:

-Los argentinos van a ser inteligentes, buenas personas y políticos.

Cuando acabó de crear el mundo, el ángel le preguntó:

-Señor, a todos los pueblos les diste dos virtudes, pero a los argentinos tres, ¿esto hará que prevalezcan sobre todos los demás?

-Sabés, tenés razón.

-¿Y ahora?

-Bueno, que los argentinos tengan tres, pero cada argentino no podrá tener más de dos virtudes a la vez.

-A ver si entiendo- aventuró el ángel -El argentino político y buena persona, no podrá ser inteligente; ll que sea inteligente y político, no podrá ser buena persona; y el que sea inteligente y buena persona, no podrá ser político.

-Que Así Sea.

martes, marzo 13, 2007

Los Argentinos

Un filósofo español dijo: Los argentinos están entre vosotros, pero no son como vosotros. No intentéis conocerlos, porque su alma vive en el mundo impenetrable de la dualidad. Los argentinos beben en una misma copa la alegría y la amargura. Hacen música de su llanto -el tango- y se ríen de la música de otro.Toman en serio los chistes y de todo lo serio hacen bromas.

Ellos mismos no se conocen. Creen en la interpretación de los sueños, en Freud y el horóscopo chino, visitan al médico y también al curandero, todo al mismo tiempo. Tratan a Dios como "el flaco" y se mofan de los ritos religiosos, aunque los presidentes no se pierden un Tedéum en la Catedral. No renuncian a sus ilusiones ni aprenden de sus desilusiones.

No discutáis con ellos jamás! !!! Los argentinos nacen con sabiduría inmanente!!!! Saben y opinan de todo! En una mesa de café y en programas de periodistas/políticos arreglan todo. Cuando los argentinos viajan, todo lo comparan con Buenos Aires. Hermanos, ellos son "el pueblo elegido"... por ellos mismos. Individualmente, se caracterizan por su simpatía y su inteligencia, en grupo son insoportables por su griterío y apasionamiento. Cada uno es un genio, y los genios no se llevan bien entre ellos; por eso es fácil reunir argentinos, unirlos imposible. Un argentino es capaz de lograr todo en el mundo, menos el aplauso de otros argentinos.

No le habléis de lógica. La lógica implica razonamiento y mesura. Los argentinos son hiperbólicos y desmesurados, van de un extremo a otro con sus opiniones y sus acciones. Cuando discuten no dicen: No estoy de acuerdo, sino: ¡Ud. está absolutamente equivocado!. Aman tanto la contradicción que llaman "bárbara" a una mujer linda, a un erudito lo bautizan "bestia", a un mero futbolista "genio" y cuando manifiestan extrema amistad te califican de boludo y si el afecto y confianza es mucho más grande, eres un Hijo de puta... Cuando alguien les pide un favor no dicen simplemente "si", sino "como no". Son el único pueblo del mundo que comienza sus frases con la palabra NO. Cuando alguien les agradece, dicen: "NO, de nada" o "NO" con una sonrisa.

Los argentinos tienen dos problemas para cada solución. Pero intuyen las soluciones a todo problema. Cualquier argentino dirá que sabe como se debe pagar la deuda externa, enderezar a los militares, aconsejar al resto de América latina, disminuir el hambre de África y enseñar economía en USA.

Los argentinos tienen metáforas para referirse a lo común con palabras extrañas. Por ejemplo, a un aumento de sueldos le llaman "rebalanceo de ingresos", a un incremento de impuestos "modificación de la base imponible" y a una simple devaluación "una variación brusca del tipo de cambio". Un plan económico es siempre "un plan de ajuste" y a una operación financiera de especulación la denominan "bicicleta".

Viven, como dijo Ortega y Gasset, una permanente disociación entre la imagen que tienen de sí mismos y la realidad. Tienen un altísimo número de psicólogos y psiquiatras y se ufanan de estar siempre al tanto de la ultima terapia. Tienen un tremendo ego, pero no se lo mencionen porque se desestabilizan y entran en crisis. Tienen un espantoso temor al ridículo, pero se describen a sí mismos como liberados.
Son prejuiciosos, pero creen ser amplios, generosos y tolerantes. Son racistas al punto de hablar de "negros de mierda" o "cabecitas negras" cuando mencionan a su pueblo.

En síntesis:

LOS ARGENTINOS SON ITALIANOS QUE HABLAN EN ESPAÑOL, PRETENDEN SUELDOS NORTEAMERICANOS Y VIVIR COMO INGLESES. DICEN DISCURSOS FRANCESES Y VOTAN COMO SENEGALESES. PIENSAN COMO ZURDOS Y VIVEN COMO BURGUESES. ALABAN EL EMPRENDIMIENTO CANADIENSE Y TIENEN UNA ORGANIZACIÓN BOLIVIANA. ADMIRAN EL ORDEN SUIZO Y PRACTICAN UN DESORDEN IRAQUI.

Carlos Miró
publicado en
http://www.aserpolitica.com.ar/

lunes, noviembre 20, 2006

Alfajor de Buenos Aires (y dulce de leche)

Este es el relato de unos chicos españoles e italianos que vinieron a Argentina a un Congreso Científico, y que luego anduvieron paseando por Buenos Aires. Es realmente interesante la descripcion de cómo nos "ven".

De viaje nos fuimos a Buenos Aires durante dos semanas con la excusa de trabajar. La razón del viaje era un Congreso Ibero-latinoamericano que duraba una semana. Así que Laura, mi jefa, nos apuntó a mí y a ella al Congreso y nos llevamos a nuestros respectivas parejas... Ya que nos poníamos fuimos dos semanas... Al Congreso en sí fuimos un día, el que nos tocaba estar.

Así que llegamos al mérito centro geográfico de Buenos Aires, barrio de Caballito, donde viven los padres de Laura: Marta y Carlos. Marta llevaba meses preparando nuestra llegada. Incluso nos prepararon un garage en la última planta del edificio para que durmiéramos Rebeca y yo.

Buenos Aires es una ciudad gigantesca, europea, pero con el toque sudamericano característico: barrios con personalidad, con un origen y destino determinados y entre medias se rellena con sub-barrios, infraviviendas, barriadas donde la policía no entra: poblados, chavolas, lo que en Brasil se dicen favelas, y que en Buenos Aires se llaman "villas".

Como cualquier megápolis, ésta no representa a un país entero, es más, se podría decir que es un país en sí. Nueva York no representa a los Estados Unidos, por lo tanto Buenos Aires no representa a la Argentina. No visitamos la otra Argentina, la de “provincias", que es como llaman con cierto despecho los porteños al resto del país. En el empeño de los grandes países americanos (como en USA), cada región se destina a un tipo de producción nacional: así, Mendoza produce el vino, junto a San Juan. Misiones produce la yerba mate. La Pampa acoge “eco” turismo, como Bariloche. Resultan ser uno de los grandes acuíferos mundiales. Ocurre que multimillonarios gringos están comprando miles de hectáreas en estas provincias-reservas. Este tema es el dolor nacional, es un nuevo colonialismo, un robo a su tierra. Los multimillonarios han justificado esas compras como altruistas, (¿desde cuándo una compra es altruista?) por miedo, dicen, a que el gobierno argentino no administre bien. Con intención de preservarlas. Quizás algo de razón tengan. Hasta los mismos argentinos temen los movimientos de su gobierno, dado las cagadas a las que les tienen acostumbrados.

Repito que no podré comentar nada de Córdoba, o Misiones o la Rioja, ya que en quince días no visitamos nada fuera del extrarradio de la provincia de Bs. As. (asií, de esta manera, los argentinos refieren a la ciudad de manera más rápida, como a NewYork se la dice NYC). La diferencia entonces entre porteños y el “resto” de argentinos queda clara. El porteño es un europeo, en orígenes, constumbre y cultura. Españoles, italianos, polacos. El argentino es más nativo, más raza como dirían los mexicanos. En esas sangres corre el mapuche. Las provincias no se llevan muy bien con el porteño, considerado arrogante y que trata con desprecio al resto del país. Algo parecido a la visión del estadounidense con respecto al neoyorquino. o incluso al "español" con el madrileño.

Dos semanas recorriendo la ciudad de "Santa María de los Buenos Ayres", así con "Y" y todo. El Buenos Aires que se ve, sus casas, su comida, fue un experimento, una bienintencionada mejora: arquitectos de moda en el siglo XIX vinieron directamente de París para trazar las venas de la ciudad, perfeccionando, purificando la ya existente en las grandes ciudades del sur de Europa. Bs. As. recuerda siempre a Madrid, a París, a Roma. La estructura de las calles es cuadriculada, de calles anchas y con una dirección única de tráfico. Todo dividido en "cuadras" si se mira
desde o hacia el cielo. Pero estamos en Sudamérica. Aquí hay vida, no mejoras. El experimento se intoxicó de la anarquía de las Américas, del “factor latino”. Hay que mirar al suelo y no tropezar en el empedrado, a ratos parcheado con alquitrán, con las cacas de perro que cuadriplican en número a las de Madrid, esquivar la marabunta de gente que va y viene. Hay que estar muy vivo, muy despierto. Y así no ser atropellado por ese tráfico legendario, asesino.

Mucho andar. Lo que hace todo hijo de vecino en todo el mundo. Menos en USA. Manteniendo la figura y los glúteos tersos. Si en Cádiz tienes un "frutos secos" en cada esquina, como bares en Madrid, lo que tienes en Bs. As. son Maxiquioscos. Estos lugares hacen de tienditas que venden bebidas, refrescos, cigarrillos, el periódico y lo más pecaminoso de la gastronomía porteña: los alfajores. El primer día, a eso de la una de la mañana, andábamos por la zona del Congreso (en el centro) y paré en mi primer maxiquiosco para probar estas delicias: alfajor de baño de chocolate negro, relleno de dulce de leche, el llamado "clásico". No pude parar desde entonces. ¿Cuál es el mejor? Después de mi concienzudo estudio puedo concluir lo siguiente: Terrabusi clásico, Terrabusi triple o torta, bocaditos Marroc y bocadito Cabsha. ¿Cuál es el preferido del porteño? ¿Coincide? No, prefiere Havanna, que no se vende en maxiquioscos y que tiene sus propios cafeterías de venta, sobrevalorado, imagino que por sentimentalismo bonaerense (si eres madrileño captarás la idea: las mejores cañas son de Mahou, ¿verdad?). En cualquier caso, el cono de dulce de leche de reposteria cubierto de chocolate negro de Havanna no tiene parangón.

Mi dieta a base de alfajores tuvo sus consecuencias: mi famosa tripa cervecera creció en tamaño, haciéndome mas difícil la vida en esta ciudad de flacos. Porque si los argentinos/as suelen ser petisos (bajitos) y flacos. No importa la gran cantidad de carne y pasta y alfajores que pueden llegar a comer, es algo de genes. Desde que llegué no pude hacerme con ninguna remera (camiseta) a mi medida, todas las tallas que se inventasen no tenían nada que hacer con mi diámetro y altura. Este complejo de gordo me acompañó todo el viaje hasta que de vuelta en USA, al bajar del avión en Dallas, me relajé viendo el panorama y volví a ser ese flaco europeo que soy por estos lares. Me felicité comiéndome un alfajor cordobés. Mi dieta tenía que ser sana y variada. El primer día ya tuve mi primer asado, como una primera comunión, la paella dominguera del porteño. Recordad, la carne de res Argentina es la más exquisita del mundo. Se asan para acompañar al corte de carne morcilla vasca, chorizo colorado, chinchulín (tripa) , vacío, molleja ( glándulas). Acompáñese de chimichurri y salsa criolla. Ensalada de zanahoria rallada o de radiccetta. Los vinos siempre de Argentina. Recomendable cualquier Malbec de Mendoza. ¿Postre? Flan con dulce de leche, ¡cómo no! Asados como este me morfé unos cinco. Otros platos típicos porteños son las empanadas, las pastas italianas, las tortas y las pizzas. En una prisa existe la milanesa o la suprema de pollo, Napolitana o Suiza. La picada. La lengua en vinagreta. El matahambre, frio o caliente. Como veis las gastronomías italiana y española se ven reforzadas con ese toque. Esto es algo curioso, el porteño no cocina mucho, pues tiene a su disposición en cada esquina de cada cuadra, como los maxiquioscos, casas de comida con venta a domicilio. Y si no, siempre hay restaurantes. Y cierran tarde, como Dios manda. Yo en los quince días no probé un plato cocinado por Marta ni Carlos. Todo era encargado, pero todo casero.

La amenaza se cierne con forma de M. McDonalds esta cada vez más presente y con un buen giro de marketing, todos sus locales se “camuflan” con el resto de cafés y restaurantes: Ronald McDonald no está saludando fuera, y dentro las sillas de diseño y el olor a café expresso confunden a la gente, que por momentos ignoran que se metieron en la boca del lobo. A dos cuadras de Viel, “headquarter” de la familia Gonzalez-Bosc, pasa la calle Rivadavia. Esta calle es famosa por medir veinticinco kilómetros. Las coincidencias de la vida, justo a dos cuadras de mi casa en Albuquerque pasa la route 66, la legendaria carretera de Thelma y Louise (para que nos entendamos, también de la generación Beat, de easy rider, etc.). La Bersuit canta en su “argentinidad al palo”: la calle más larga, el río más ancho. El río es el Plata. No se ve el otro lado. Los españoles lo confundieron con el mar. Cuando lo cruzaron, dieron con Uruguay. Ahora ya no se ve ni el fondo de tanta basura arrojada a él.Y desde el parque de Rivadavia podés agarrar el Subte, la linea A. Los vagones del siglo pasado, de madera, siguen circulando. Las estaciones mantienen los comerciales de principios de siglo.
Vamos a visitar los barrios. Palermo Hollywood, es el “Soho”de Bs. As. El diseño argentino está muy presente, no solo en este barrio. Ante la falta de espacio, los jóvenes diseñadores se colocan en las calles con sus mercancías, incluso dentro de los bares y restaurantes. El ambiente es como un Rastro los domingos. Puesto que ninguna talla está hecha para mí, los pesos que me ahorraba los gastaba felizmente Rebeca en comprar bolsitos, remeras, zapatos, y demás.

Y de noche vamos a San Telmo. Madrid de los Austrias. Bares de tango para guiris. Jolgorio, noche, buen ambiente. Por la mañana a Matadero, el barrio diseñado como tal. No tan turístico, más decadente, con una Villa a pocas cuadras. Tienen una feria de artesanías. Cintos de cuero crudo, con la banda gaucha como diseño. Deliciosos ravioles rellenos de ricota en el almuerzo con la familia de Diego. Caigamos en la tentación de comer un bife de chorizo a la brasa. Visita al museo gaucho. Empiezo a ver en las fachadas algo original, que no copia el estilo europeo. Es el fileteado porteño, los dibujos ultracoloridos y recargados que se utilizaban en los colectivos ( los autobuses) y que ahora se explotan para decorar los carteles de los negocios. Por la noche vamos a un concierto de Amparanoia, que vino desde Madrid. La acompaña Mimi Maura, Ska local.
Visitamos la Boca, barrio obrero el más centrado de todos, santo Maradona. Bs. As. se divide en dos, Boca y River. La cancha, el orgullo. El fútbol es más que una religión para el argentino. En La Boca está Caminito, una pequeñita barriada que mantiene las coloridas casas de chapa que aglutinaban a todos los inmigrantes allá por el principio de siglo. El alma tanguero, como Gardel. Todos vivían así, los tanos, los gallegos, los turcos, los rusos. Y así se invento el lunfardo, el lenguaje tanguero y de uso en todo Bs. As. Presente en cualquier conversación, por momentos puede parecer otro idioma diferente del castellano. Esas casas donde una familia habitaba una habitación y todos utilizaban el mismo espacio para cocinar y asearse se llaman “conventillos”. Las encuentras en todas las cuadras de todos los barrios, en la Paternal, en Caballito. Pero ninguno tan coloridos como los de Caminito. Como suele pasar con algo tan característico, esta zona del barrio de La Boca es un parque temático, con diez veces más extranjeros que vecinos. Vámonos a un bar a tomar una Quilmes imperial, mientras esperamos entrar al Teatro de la Ribera a ver una obra de los Macocos. ¡Que grandes!, como grandes son y serán los Luthiers. Comedia muy viva. Otro personaje a destacar, si os gustan Faemino y cansado, es el gordo Caseros.

Fuimos al Teatro Colón, el teatro más grande de Bs. As. justo a tiempo. Lo cierran por “reforma” durante dos años. Como despedida montaron un concierto de la negra Mercedes Sosa. A mí esta mina me da igual, che, yo no soy tan rojeras. Pero el teatro es lindo. Por cinco pesos nos colocaron en el gallinero del teatro, ellos lo llaman el paraíso. Medio dormido por las nanas que canta esta mujer me bajé al segundo piso y me colé en los palcos. ¡Que piola!, acá se oye mejor. Más pizza en Paternal, en la Ferreiro, dicen que la mejor de la ciudad. A la piedra. Además de las clásicas pedimos una llamada “Argentina 78”. De mi trato con argentinos, en general, observo que la cronología de la vida se basa en campeonatos, mundiales, ligas. De pasada por la Paternal vemos a un grupo ensayando la murga para los carnavales, en febrero. La murga es un baile negro, que viene de Uruguay pero que se implanta en Bs. As. Recuerda a una Campoeira sencilla. Percusión y saltos. Vamos en el Volkswagen de Laura pillando baches y botando. Los autos recuerdan a Europa, Fiat, Citroen, Peugeot, Renault. Mirando por la ventanilla se ven las pintadas en las paredes. Nada de arte. Pintadas con prisa, en negro, aparecen los nombres de grupos de rock nacional: hijos de babel, la bersuit, la renga, la 25, los piojos, las pelotas, redonditos de ricotta, al lado alguien ha escrito, no sé si de broma, “repollitos de Bruselas”. Alguna carta de amor. Raquel vos sos mi vida. Si vivieras en el sielo, me mataría para veros. La mejor filosofía urbana: nuestra abundancia es el hambre y la miseria.
Si pasas por el centro financiero aun se ven las pintadas en la fachada de los bancos: chorros, forros de mierda, truchos, chantas. No fue la primera vez. La ultima hace cuatro años. El granero del mundo, la potencia mundial se hundió en la mierda. El consumo de primer mundo, europeo, se caía por el desagüe. Piénsalo, un país basado en la clase media. Como España, USA. Es un aviso, tomad nota. Pero, otra vez se levanta. Quejándose, siempre se queja el argentino, si no, no lo sería. Y así el argentino habla de dinero, de la guita, de los mangos, de las lucas que cuesta esto o aquello. Tiene miedo. Se acostumbró a vivir bien y llevará siempre el peso de que alrededor todos son ladrones. Y sigue adelante. Y emigra proveniente de un país rico y va a otro. Con nostalgia legendaria emigra a Madrid, a Roma, porque le recuerda su Bs. As. Sus abuelos y bisabuelos salieron de allí, y crearon una ciudad a su gusto. Y ahora se da la vuelta la torna. Son nuestros primos, ¿no os dáis cuenta?

sábado, noviembre 18, 2006

Recado de Guatemala

A casi todos los que les conté a cerca de mi viaje a Guatemala los invadió el mismo ataque de creatividad e hicieron la misma sórdida pregunta que me encargué de responder de una manera un tanto raro en mí: con respecto e información. Deseo quien que lea no sepa a qué sórdida pregunta me refiero. En tal caso, si entre los lectores se encuentra alguno de los que han formulado la sórdida pregunta, deseo que por un instante la olvide. Decía que raro en mí una respuesta respetuosa e informada, no porque no sea capaz de reunir ambas cualidades en una respuesta, sino que raro que a todos los haya tratado con la misma singular particularidad.

-No, no voy a Guatepeor. Guatemala en verdad logra su nombre producto de alguno voz indígena o nativa de aquellas tierras, de aquellos bosques siempre verdes, de aquellas lluvias tropicales de verano o de las frías de invierno. Justamente la voz Guatemala viene a significar algo así como bosques lluviosos. Eso, al menos leí o escuché en alguna oportunidad, y desde entonces intento evitar el falso chiste de salir en Guatemala para entrar en Guatepeor.

Como sea, o como cada uno imagine, finalmente llegué a un aeropuerto que se encuentra en remodelación para ser el más moderno de Latinoamérica. Lo anuncian para marzo 2007, pero como se veían las obras, pues lo dudo con franqueza y buen juicio. De momento, el destino aéreo de todos los aviones que arriban (o bajan) en Guatemala, llegan a un sitio precario, donde claramente se evidencian ciertas cuestiones que existen en todos los destinos turísticos y de negocios, pero que aquí sobresalen quizás un poco más en un contraste cultural de envergadura.

En casi todos los puestos de migración (mejor dicho inmigración) los primeros en lograr cruzar la línea de ingreso, algo que por más esfuerzo que pongan las autoridades migratorias es un fastidio para los pasajeros de cualquier origen, son los residentes del país de llegada. Están los puestos de atención para residentes y para los inmigrantes. Y los residentes superan con mayor rapidez la barrera del formulario y el visado del pasaporte. Inclusive, en mi reciente visita a Dublín, todos los miembros de la Comunidad Europea pasaban tan solo mostrando el pasaporte, sin sello ni freno alguno. Yo tuve que responder why I was going there, how long I was statying there and finally got my one week permisson. Lejos de hacer como los miemmbros de esta comunidad que desde principios de 2003 desarrolla su economía con el Euro, los chapines, como se los conoce a los guatemaltecos (yo los hubiera bautizado tecos), fueron los últimos en pasar. El primer retraso lo tuvieron en el llenado del formulario de ingreso, lo que me lleva a pensar en el primer freno cultural. O es que estoy tan acostumbrado a esos formularios (salvo la forma de escribir la fecha de nacimiento) tan igualitos entre todos los países que visité, o es que la mayoría de los chapines que viajan (o que viajaron en el mismo vuelo que yo desde México) tiene problemas con sus datos personales.

Así las cosas, los primeros en pasar fueron todos los hombres de traje de calidad y blackberries, que llegaron con hambre de negocios y reuniones exitosas. Una vez pasado el PITA (algo que los americanos con los que me reuní en Dublín me enseñaron: Pain In The Ass, ¿es necesario traducirlo?, no) de migraciones caminamos por un pasillo temporario (o permanente si las obras no llegan a concluirse nunca) de corlock blanco con todos los puestos de los hoteles más caros y exclusivos de la ciudad de Guatemala. Marriot, Real, lo que sea, todos estaban allí, a la caza de clientes con dólares o con pesos mexicanos o con quetzales. Cuando el pasillo pega la vuelta se encuentran los puestos de alquiler de automotor y por último los taxis. Algo lógico, desde el punto de vista de la cantidad de divisas que dejaría uno yendo al Marriot, gastando probablemente más que uno alquilando un coche (carro, auto, automotor, automóvil, léase como le resulte más familiar) y seguramente, mucho más que quienes tomarán un taxi.

Después de todo ello, estaba la verdadera Guatemala. Cientos de rostros teñidos de café, con sonrisas escondidas tras una timidez generada por la diferencia de dinero (en billetes o plástico) entre sus bolsillos y todos los trajeados de mi vuelo. Agolpados en un galpón transitorio (o definitivo, lo sabré cuando retorne por estos pagos), detrás de una valla sin guardias, donde los únicos que se atrevían a franquearlas eran los niños con su frescura y sencillez. Para ellos, aún, no hay diferencias de clases, de dinero, de colores. Si esa ingenuidad no se perdiera nunca y tan solo se pudiera sostener por toda nuestra vida, de seguro viviríamos mejor. Cientos de miradas serias o tristes, hasta que por fin vieron llegar a un chapín. La alegría de propios y extraños se mostró en sonrisas sin dientes que daban la bienvenida al conocido o que pregonaban la llegada de sus propio chapín.

Guatemala City llaman a esta nueva ciudad, nueva por la capital de Guatemala es errante y nómada luego de cada terremoto o luego del castigo de alguno de sus volcanes. Guatemala City, nombre recibido con una clara hipoteca del valor cultural a favor de los gringos. Afortunadamente, Antigua (antigua ciudad capital) reposa distante y hermosa, colonial y tranquila, a una hora de la locura de la city. Un paseo agradable por sus empedrados de siempre, la posibilidad de sumergirse en una librería de viejo, adquirir un libro del Premio Nóbel de literatura Miguel Ángel de Asturias, respirar un aire abierto y fresco, observar el colorido de sus paredes, comprender la importancia de conservar las fachadas de sus techos reconstruidos como lo eran antes luego del terremoto, llegar a la plaza central, lavarse el rostro en la fuente central, una foto para el recuerdo y la vuelta a casa, en un sábado que fue muy largo pero que recordaré con alegría.

No quiero escaparme del objetivo de este blog, por lo que sí tengo una palabra, siempre algo hay.

Uno de los mediodías fuimos a la zona viva de la ciudad (sí, yo también pregunté si el resto estaba muerto) y almorzamos en un restaurante de comida típica, la auténtica cocina chapín. Opté por un suban-ik, no recuerdo si el spelling está correcto (perdón estoy en el vuelo de regreso de Áirlan y todo está en inglés) pero se trata de una especie de estofado, pero hecho de salsa de tomate, como un tuco, pero con los trozos de cerdo, de pollo y de carne, más unos tamales y alguna cosa más. Ahora, se me vienen a la mente de temas jocosos que pasaron en el almuerzo respecto de la comida.

Uno, me preguntaron si era verdad que en la Argentina no comíamos pollo. Yo respondí con naturalidad, que sí, que como no íbamos a comer pollo. Pensé que la pregunta podría tener algún asidero por lo de la gripe aviar que de tanto en tanto es tema instalado. Pero no hice referencia a ello. Entonces la situación fue...

-Si, pollo comemos, ¿cómo no vamos a comer pollo?
-Ah que bueno, porque todos los argentinos que conocemos, nunca comen pollo, sino que siempre piden o preparan possssshhhhho.

Al contrario de lo que hubieran hecho muchos argentinos, me reí con ellos, de nosotros pero con ellos.

Otra situación jocosa fueron los tamales, que vienen envueltos en hojas de banano, que no se comen o que no deben comerse o que bueno, no se acostumbra a comerlos. El mismo jocoso tomó la palabra y contó:

-Hará cosa de un mes, vaa, nos visitó un gringo, vaa. Y le recomendamos almorzar aquí, vaa. Nos había pedido que le comentáramos de lo típico de Guatemala, vaa. Le recomendamos los tamales, vaa. De regreso a la oficina, le preguntamos si le habían agradado los tamales, vaa. El baboso dijo que sí, pero que no lo había gustado mucho la lechuga que los envolvía.

Entre risas y sonrisas, me preguntaron que tal estaba mi recado. “¿Mi qué?”, pensé. Recado se usa en algún otro país de habla hispana para referir a un mensaje que se le deja a un ausente o a un ocupado. Quise ensayar una respuesta que no denotara que no sabía de qué estaban hablando. Pero me di cuenta que ya tenía mi palabra de Guate.
-El recado, ahí, la salsa, vaa vos- me respondieron.
Recado en Guate es salsa, vaa vos. Y, sí, estaba buena.

martes, noviembre 14, 2006

Coger

El habla hispana tiene su formas, sus vueltas, sus sinónimos y tiene la palabra coger. Me toca pasar por Madrid para terminar en Dublín, paso por la cuna del español para arribar a territorio de habla sajona.

Mientras practico un poco mi inglés en el vuelo de Aer Lingus: -Nou, zancs- digo ante el ofrecimiento de algún producto del aerobar. Los precios son accesibles, bueno, perdón, no son descabellados, pero no solo no se me ofrece nada, sino que quiero aprovechar el fláit para escribir una columnita más para mi blog latisinonimos.

El capitán habla un inglés cerrado, tan cerrado como un museo europeo en lunes o como virgen creyente. Tranquilos, todo pasará. El captain said (uy, perdón me estoy mimetizando) el tipo dijo que aterrizamos en cuarenta minutos. Lo iba a interrumpir para recomendarle que aterricemos en la pista o en el AIRBUS 320 que viajamos, pero creo que le entendí, por eso menos de obvié la interrupción. Entonces si entendí, ya pronto será martes y los museos abrirán sus puertas como la virgen creyente se abrirá al amor carnal antes de su matrimonio.

De mi breve paso por Madrid, incluyendo un vuelo de once horas con dos barcelonesas pisando los cincuenta que volvían de una semana turística desde Iguazú hasta el Estrecho de Magallanes, me quedaron algunas frases para el blog. Pero porqué intentar ser creativo, diferente, único, si puedo ser vulgar, ordinario y cogedor.

Sí, el vocablo coger me puede. Aunque preferiría poder coger ahorita (esto quedó de México y se merece un posteo en el blog), pero estoy lejos de mi janita. “Podrías coger igual”, diría algún argento ostentador de su capacidad viril (cualquier argento ostenta cualquier cosa con gran facilidad). No vale la pena mi respuesta.

Bueno, como no cogí a lo argentino, cogí a lo español. Cogí mi maleta (valija, equipaje), cogí el bus que nos transportó hasta la terminal, cogí otro bus hasta la Terminal Cuatro que queda como de Ezeiza hasta el cruce con la autopista a Cañuelas, cogí el tren que te lleva desde donde hacés el check in hasta las terminales R, S, U, de donde se supone saldrá tu avión, sí el que tendrás que coger luego. Cogí mi taza de café, cogí mi sándwich de jamón serrano y queso manchego, bueno no sólo cogí el café sino que me lo tragué y la mini baguette málica, la cogí y me comí toda. Coger y más coger. En Madrid te coge el sereno, cosa que en Baires quizás le apetezca a alguna muchacha de la oficina, pero no es lo que dice cuando se le hace de noche. Hasta el agua me cogió el culo, verán, los inodoros del aeropuerto no tienen cadena y el agua corre solita mientras vas cagando. No hay chances de verse la propia mierda, cosa importante para ver uno cómo está del vientre y esas cosas. Ni modo, el agua corre solita y la mierda se lleva, mientras de coge el culo con unas frescas caricias acuáticas.
En Madrid me faltó coger un taxi, si tan solo limpiaran el caño de escape, ¿no?

Siempre recuerdo un cuento, un clásico que pinta de punta en blanco el efecto que produce en un argentino el españolísimo vocablo “coger”.
Una familia española está en Buenos Aires, Manolo (el padre), Luisa (la esposa), Paquita (la hija de quince añitos) y Luz (la perrita caniche toy). El padre le indica a la hija que le pregunte al taxista si los puede llevar a todos al hotel.
La quinceañera se acerca al taxi y dize (ya va con tonada española la cosa):
-Que dize mi padre si nos podéis coger a todos y llevaros al hotel, por favor.
El tachero la mira, ve a la madre, al padre y a la perrita y responde:-Mirá piba, a vo y tu madre me las cojo seguro, pero a la perrita que se la coja tu papá.

La ceache, che

Entenderse, finalmente, es la cuestión. Construir un puente lingüístico que comunique a todos con todos es un ideal que no puedo perseguir. Frustrarse en un intento tan loable puede ser digno de un utópico. Sin embargo, prefiero perseguir un objetivo un tanto más trivial, quizás menor pero no distante en importancia. Contar en breves líneas algunos sinónimos latinoamericanos y a la vez, seguramente la parte más ambiciosa de este arrebato blogístico, entretener.

Mi estadía en México ha rozado las cercanías de lo estupendo. He conocido un lugar tan bonito como colonial: Taxco. Al pie de un cerro, los adoquines del mil ochocientos esconden secretos y sueños ancestrales, a la vez que atraen a miles de turistas por día, quienes nos rendimos ante el ambiente colonial y a las bellezas artesanales elaboradas en plata. El deleite continua en lo gastronómico, como casi todas las ciudades y pueblos del mundo. Nachos con nopales (hoja de cactus), jumiles con frijoles, tacos con chile y cesina, conforman un plato gigante y lugareño que debe acompañarse con la bebida cola de producción local.

El domingo es el día clásico para ver fútbol. Conocer el Estadio Azteca, presenciar un encuentro y ver el tablero electrónico que ha grabado a fuego en la retina de todo argentino dos momentos únicos, indelebles, mágicos. El maradoniano ENG: 0 – ARG: 2 y el épico ALE: 2 – ARG: 3. Estuve a metros del arco receptor de la mano de Dios y del desenlace victorioso de la extenuante corrida de Burruchaga y el alemán Breigel (que la ortografía del germánico esté errada no hace a la cosa). La oportunidad fue ver el encuentro entre los Pumas de la UNAM y las Águilas del América. Más de ochenta mil mexicanos para ver el triunfo aguileño. Hago cuentas, ochenta mil mexicanos, casi todos chilangos (del DF), veintidós futbolistas, cuatro jueces, dos técnicos, más de cien vendedores de chelas (cervezas, se venden hasta los quince minutos del segundo tiempo), mil efectivos policiales, y uno de todos esos me quitó la cartera (billetera, no soy tan trolo para llevar mi cartera a un estadio). Con ella se fueron, mi lana (dinero) y mi dinero plástico. Aquellos que elijan American Express por servicio y no por costumbre (así dice la publicidad de VISA, anyway) sepan que no me la repusieron ni en 24, 48, ni mil horas. O como diría alguno, me la re-pusieron, porque me dejaron sin fantasy money.

Chilangos, chela, chile, nachos. Me doy cuenta que los descendientes de la cultura azteca emplean algunas palabritas con la ceache.

Chilango para los que viven en el DF, algo similar a nuestros “porteños” con esa entonación de amor-odio que subyace en cada uno.

Chela para las cervezas. De locos que en el Estadio, con ochenta mil sedientos, vendan chelas a crédito. Sí, tomamos como ocho chelas entre tres y las pagamos todas juntas al final.

Nachos para llamar a una masa de maíz frita cortada en forma de triangulitos a las que se le adiciona de todo, frijoles en pasta, jumiles (un bicho como un grillo digno de un almuerzo de nuestro Marley), y otras delicias del paladar mexicano.

Chile, nada que ver con el país trasandino, o tal vez sí, no lo sé. Pero chile describe a cualquier cosa similar a nuestros ajíes y morrones, y pican tanto como ellos dicen que no pican. Nada pica si uno le pregunta al mozo o al mexicano que lo acompañe.

Enchiladas, unos tacos (la misma masas de los nachos pero sin freír), son lo que conocemos como canelones. La salsa será cualquier chile con frijoles y seguramente se acompañará con arroz.

Chamarra, sí una campera es una chamarra. Chamba, es un currito, como nuestras changas. Bueno ceache para los dos. ¿Chomba lo dirán igual? No, eso es una polo para casi todo los latinoamericanos.

Así que, en Coyoacán, una de las zonas más exclusivas del Distrito Federal, donde el arte y las gastronomía se dan cita en el zócalo (plaza central de toda ciudad o pueblo), en un ambiente también colonial, de casas en ocre y ventanales en madera, donde los carteles de neon están ausentes dejando libre al rojo pálido de tejas ancianas, en Coyoacán decía, un chilango se toma una chela comiendo unos nachos con chile esperando que lleguen sus enchiladas, mientras ve que el cielo amenaza con llover. Rápidamente, aparece otro chilango que se gana una chamba vendiendo chamarras.
Con tantas ceaches, ¿cómo me pueden llamar el Che a mí?

miércoles, octubre 18, 2006

Antojarse

Mi cubículo se expande, como empresa global de la que formo parte (muy pequeña pero parte al fin), es lógico que mi puesto de trabajo se internacionalice. Y con eso la necesidad de cruzar la frontera y viajar a tierras lejanas (o no tanto). Y en otros aires diferentes a Buenos Aires, la gente también lleva consigo uno de los capitales más ricos y arraigados que posee: la cultura. Y no descubro nada diciendo que el lenguaje, esencia misma de la cultura de los pueblos, produce sensaciones diferentes, que cuando no son cómicas, pueden llegar a traer aparejado algún problema. En este caso, una sonrisa.

Apenas dos horas (si bien dos horas sobre un vuelo de nueve representa algo menos de un veinticinco por ciento, dos horas sigue siendo apenas) que mi vuelo de Mexicana de Aviación había partido de Buenos Aires, cuando el equipo de abordo se dispuso a servir el retrasado almuerzo. La salida del avión, originalmente, estipulada para las once de la mañana, sufrió un ligero retraso hasta las quince en la tarde, pero aún así sirvieron el almuerzo. Ñoquis con salsa blanca como a las cinco de la tarde, una tentación fácilmente negable, pero a falta del té de la cinco, vamos con los ñoquis.

Aunque esto arranque alguna sonrisa (al menos a mí me la robó) lo que me dio ganas de comenzar esta especie de diccionario de sinónimos de español latinoamericano fue la siguiente situación. Advierto que lee quien quiere leer, y no se asegura una sonrisa final ni mucho menos. El lector siempre lee bajo su propio riesgo y siempre tiene la chance de buscar en la abismal red alguna otra cuestión que le caiga mejor en gracia.

Comentaba entonces, y mientras escribo huelo un artificial aroma a lavanda que la aeromoza (azafata) de turno ha dispensado por todo el Boing 767 de la línea azteca, que servían el tardío almuerzo cuando la muchacha de la aerolínea, de sonrisa natural que y cuidados dientes blancos, lápiz labial muy suave, resaltando su piel tersa y algo morena, y su pelo prolijamente recogido, preguntó a la señora mayor de cabellos blancos y con nietos en Guadalajara, qué deseaba beber. La abuela, que por comentarios previos que hacía a su compañera de vuelo, viajaba por primera vez en un medio de transporte de acero de semejante tamaño, re-preguntó con divina ingenuidad qué podía tomar. Lejos del alcance de su vista sexagenaria (eran más años seguramente, pero porqué caerle con el peso de las décadas en este pequeño comentario) estaban las gaseosas, los vinos, las cervezas y las demás bebidas a nuestra disposición. Fue entonces cuando mi azafata de ojos claros especialmente maquillados y de sonrisa amable le preguntó:
-¿A usted qué se le antoja?

Un quiebre, una ruptura, un cortocircuito hubo entre el sonido dulcemente cantado en tono azteca, cortés y el versión conjugada del verbo antojar. Para clarificar a los que no son argentinos, el antojar hubiera encajado perfectamente en este relato si la viejita hubiera estado llamando insistentemente a la bonita oficial de abordo desde el inicio del abordaje. Entonces una posible línea sería:

Y la mujer llamó nuevamente, no sabía qué querría, seguramente no. No importaba, era su primer vuelo y le había costado muchos billetes de la verde moneda americana. No importaba que su yerno era quien pagara el viaje para que ella pudiera ver a sus nietos. Como sea, había descubierto el botoncito de llamado de asistencia y estaba dispuesta a utilizarlo sin razón. Justificaría cada centavo. Y así lo hizo, sin dar tiempo a que llegara la aeromoza, presionó otra vez. Y una vez más, como para dejar bien claro que estaba haciendo uso del servicio. Lo presionaría una vez más, pero para bien de los cohabitantes de este pájaro de hierro la imagen angelical de la muchacha emergió de entre los rostros ofuscados de los pasajeros. Su sonrisa, blanca y feliz, nunca desaparecería, con su mirada transparente y amigable, su canto mexicano, dulce y cordial, diría una y otra vez un entrenado: ¿Qué desea señora?
Pero seguramente, y nadie que estuviera sentado cerca de la abuela de cabellos blancos se atrevería a desmentirlo, detrás de toda esa calidad de servicio había un ser real que se preguntaba: ¿Qué se le antojará ahora a esta señora? Si la azafata fuera argentina, la frase se distorsionaría un poquito hacia una versión que suena agresiva, quizás, pero que en Buenos Aires es de uso común: ¿Qué carajo se te antoja?, vieja de mierda.

Lamento la falta de tacto, pero si me propongo ser expresión fiel de sinónimos latinoamericanos, tendrá que faltarme tacto muy a menudo.

Ya sabés, si llegás hasta México y te preguntan qué se te antoja, dejá de lado toda tu urbanidad mal habida de Buenos Aires y simplemente respondé que querés. Si por caso, venís desde otras latitudes con diferentes registros del castellano, y en Buenos Aires te preguntan qué se te antoja, pues ya sabrás qué hacer.